
Él nació probablemente de descuidos no deseados, un par de manos necesarias y una humedad distraída. El ambiente no era bueno y mucho menos bueno era el trato que le daban, culpa suya fue caer en ese lugar habiendo tantas opciones como agujas en un pajar. Pero él crecía, crecía bastante chueco pero crecía, a veces botaba unas pocas lágrimas pero crecía, a veces de la histeria del otoñal marzo los cabellos iban soltándose, uno a uno, cambiaban su color, dejaban al viento su escazo brillo, pero crecía. Un previo día sin dejar cualquier aviso él abandonó su no vivible vivienda y cual idealista, no sabía donde ir, pero iba en camino. Después de haber llegado a este mundo para ser un sedentario, y de hacerse el nómade unos días, encontró un lugar normal que parecía hermoso, se instaló con prisa en las ganas y calma en la práctica, tal como sus anteriores generaciones, él existía para ser sabio. Siguió creciendo y creciendo hasta ser muy alto y robusto, ahora en tranquilidad descubría que tenía una hermosa y abundante cabellera, se había olvidado del remedio infalible de sus lágrimas y comenzó a distinguir más seres como él a su alrededor, más sabios sabiondos que economizaban su tiempo reflexionando sin hablar en vez de hablar sin reflexionar. Después de muchas noches contemplando las estrellas, de muchas nubes con formas inventadas y de muchas flores enseñándole colores, como todo lo bueno, su oasis duró poco. Y llegó un personaje muy especial que él recordaba en sus sueños, claro que paso a paso fue recordando que no había sido en sueños donde conoció a aquel personaje, si no que era nada más ni nada menos quien lo había rescatado de su horrible no vivible vivienda para traerlo a este paraíso del cuál ahora lo estaba arrancando. Daño le hacía, lo sacaba de sus ya arraigadas raíces que él con todas sus fuerzas intentaba aferrar, daño le hacía, cortaba su rústica piel en busca de una endeble respuesta a pesar de una clara muestra por no desistir, daño le hacía, y esta vez no alcanzó a llegar la histeria para que su hermosa y abundante cabellera fuera nuevamente una visita que habría de añorar hasta sabe quien cuando, ya que ahora su salvador se convertía en su peluquero, en su rabioso y ambicioso peluquero, daño le hacía hasta que él no pudo más y comenzó de nuevo a brotar lágrimas como ríos, lágrimas que caían en las heridas que se hacía el peluquero de tanto descuido y ahínco que ponía en dejarlo calvo a él, lágrimas que iban sanando esas heridas, que repito nuevamente eran un remedio infalible, lágrimas que no lograron conmover al salvador-peluquero, si no que convencerlo más de que la batalla más desigual que pueden estarse imaginando ya estaba ganada, ganada y archi-ganada, porque no importa que leñador lo corte, el árbol siempre seguirá dando su sombra.
No hay comentarios:
Publicar un comentario